7 DE SEPTIEMBRE DE 2008LA MARCHA DE LOS ALACRANES
(Escrito por nuestro amigo Daniel Ramírez Melendez)Hacía frío, mucho frío, en el patio se escuchaba el canto de un grillo.
¿Un grillo en invierno? —me pregunté— yo que llevo muchos años en guerra con esos infames insectos conozco varios aspectos de su ciclo de vida, y sé —o por lo menos creía saber—, que proliferan en época de calor y lluvia.
Y sin embargo, ahí estaba un grillo que emitía su detestable chirrido en pleno invierno.
Hacía frío, mucho frío, una helada había caído y congelado las flores, a esas alturas hacía ya tiempo que el frío de la vida había eliminado cualquier resquicio de calor en mi alma.
En mi ser vacío retumbaba incesante el frotar de los élitros de un grillo.
¿Un grillo en invierno? —se preguntó lo que aún quedaba de cordura en mi mente.
En un mueble a lado de mi cama había un bote de insecticida, sólo era cosa de tomarlo, ir al patio y localizar el lugar donde se ocultaba el abominable bicho para darle fin, años de duro combate me habían dado la habilidad de ubicar su emplazamiento, cosa que no es tan fácil como parece.
Y es que ese detestable canto había interferido con aquello que ocupa el vacío de mi ser: Alicia Elizabeth, Alieli, Arrocito, simplemente Alicia, simplemente Elizabeth… cómo sea… ese ir de aquí a allá de aquel recuerdo en medio de mi nada era lo último que le daba sentido a mi vida.
Y he aquí que esa noche fría como ninguna, que había helado mi cuerpo tanto como mi alma, cuando refugiado entre frazadas me entregaba a mi recuerdo, a mi vagar en mi vacío, a hurgar en mi oscuridad en busca de algún recuerdo, ese maldito animalillo venía a emitir su abominable sonido.
Volteé hacía el mueble a lado de mi cama, y ahí, el bote azul de insecticida me decía en silencio: “confía en mí, tómame, oprime mi válvula dirigida a esa malhadada alimaña y yo me encargaré del resto, y sirve que así, tal vez deje de sentir este frío que ha congelado todas las moléculas de metal de mi estructura”.
Y de verdad, ganas no me faltaban, pero es que mis cobijas estaban calientitas, hay que tener en cuenta que la última vez que dirigí el insecticida a un grillo era una caliente noche de verano, esa vez no sólo había aliviado mis oídos, también mi cuerpo que con la frescura de la noche se había relajado.
Pero ésta vez hacía frío, mucho frío; en mi cuerpo y en mi alma había caído una helada, las cobijas no eran suficientes, ni el nombre de mi amada, ni su recuerdo en mi vacío, estaba como muerto en vida, y como tal había decidido resignarme a padecer el molesto chirrido.
Tal vez —pensé— pueda separar las notas del horrible canto e integrarlas a cualquiera de las denominaciones de mi amada muerta.
Ya una vez lo había intentado, y aunque no lo logré estuve cerca, me parecía que la denominación donde mejor se podían camuflar esos infames sonidos era “Arrocito”.
Entonces reinicié el intento de hacer del horrible chirrido y el sobrenombre de mi novia una nueva canción, tomé un “chrrr” para acomodar en medio las letras a r r o c i t o .
A c h r r r r o c i t o … a r r o c h r r r i t o …
Pero sucedió algo extraño: estos “chrrrr” no eran como los que llevaban años atormentándome.
“Haber —me dije a mí mismo— intentémoslo de nuevo”
Y una vez más traté de hacer con los molestos “chrrrrr” y “Arrocito” un solo término, si lo lograba —pensaba en mis alucinaciones— haría lo mismo con Alicia Elizabeth, Alieli, o simplemente Alicia, o simplemente Elizabeth.
Pero por más que hacía no lograba acomodar el nombre entre las maléficas notas, y en lugar de hacerse paz para mí, el sonido era cada vez más molesto, “la última vez —recordé— estuve muy cerca”, y ahora parecía que todo lo avanzado lo había desandado, ¿acaso tendría que empezar desde el principio?
Entonces caí en la cuenta de algo: ¡Eso es! ¡Ese no es el canto de un grillo!
Escuchado superficialmente era muy parecido, incluso para alguien tan involucrado como yo con los grillos, pero ya poniendo atención se desenmascaraba el sonido impostor.
No sólo supe que el ruido no era el chirrido de un grillo, sino que determiné que no provenía de una sola fuente, parecía tener innumerables orígenes.
Con terror, frío y curiosidad salí al patio para investigar ese misterio, si no eran grillos ¿qué emitía esos extraños sonidos?
Al estar entre la oscuridad y el frío escuché el chirrido proviniendo de todos lados, y ese sonido lleno mi ser y mi vacío, me llevé las manos a las sienes con desesperación, sin duda era mejor la nada de mi mente con su recuerdo en toda su inmensidad.
Fueron varios los minutos que aquel chirrido me atormentó, entonces la luna llena quedó libre de una nube que la ocultaba e iluminó con intensidad, lo que vi me aterró:
En las paredes, en el piso, en las plantas, en todos los resquicios, había miles de alacranes, todos negros, con la cola levantada hacía el cielo, eran ellos quienes emitían el abominable ruido que había confundido con el canto de un grillo.
Pero mayor fue mi terror cuando las alimañas fueron concentrándose en medio del patio hasta formar una masa compacta que empezó a moverse hacía mí, había escuchado sobre la marabunta de hormigas, pero nunca de un conjunto similar formado por alacranes, pero lo que fuera, no era cosa de ser tomada a broma, así que me sobrepuse e intenté moverme.
La única escapatoria era la puerta que daba a la calle, hacía ella corrí para evitar ser alcanzado por el maléfico conjunto que cada vez estaba más cerca, el ambiente era invadido por el infame chirrido y los pasos de los arácnidos que parecían el arrastrar de millones de uñas.
Fueron sólo unos segundos, pero para mí parecieron eternidades los que tardé en alcanzar la puerta, con desesperación la abrí, cuando lo logré quedé aterrado por la escena que apareció ante mi vista: en la calle había un río de alacranes de un negro brillante que con su pezuñoso andar y su canto aterrador caminaban hacía un mar de arácnidos que corría por la avenida principal.
No había nada qué hacer, los alacranes iban a terminar conmigo, la masa compacta que invadía el patio llegó hasta mí, resignado me dejé caer al suelo y cerré mis ojos para esperar mi fin. ¿Acaso no había clamado por ello tantas veces para unirme con mi amada? Puede ser, pero puedo decir por esa terrible experiencia que aún el más convencido suicida siente terror frente a aquello que tanto buscó y que en el cuerpo renace el instinto de supervivencia, aunque sea demasiado tarde.
Ya llevaba así varios segundos, pensé que era tiempo suficiente para que la masa de alacranes me hubiera invadido e inoculado su veneno, pero no sentía nada, llegué a creer que al final, la naturaleza se apiada y nos evita los dolores de la muerte.
Abrí mis ojos, y vi con sorpresa que los alacranes me rodeaban para abrirse paso e integrarse al río arácnido que corría en la calle, ante la impresión de esta apocalíptica escena perdí el conocimiento.
Más tarde, cuando desperté, lo primero que vi fue a las estrellas, los alacranes habían desaparecido.
No sé hacía donde se fueron, o siquiera si alguna vez en verdad hubo alacranes, lo único que percibía era el frío… y el silencio… y es que… hacía frío… pero mucho frío…
Mi alma y mi cuerpo estaban helados, y una vez más, en el inmenso vacío de mi ser iba girando en torno a un centro de gravedad invisible mi recuerdo con sus distintas denominaciones: Alicia Elizabeth, Alieli, Arrocito, o simplemente Alicia… o simplemente Elizabeth…
DANIEL RAMIREZ MELENDEZ
7 DE SEPTIEMBRE DE 2008
CIUDAD DE MEXICO¡Puedes compartir esta lectura con tus amigos!
Sólo pásales esta dirección:
www.lecturasparacompartir.com/cuentos/lamarchadelosalacranes.html