Un domingo por la mañana Luz jugaba en el parque, cansada de correr y saltar se sentó en una jardinera y miró con curiosidad: el sol acariciaba con sus rayos a las flores, de éstas resbalaban gotas de rocío; un canto llamó su atención, levantó la vista y vio un pajarillo, no dejó de mirarlo hasta que la luz del sol lastimó sus ojos, al abrirlos el ave se había ido.
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CUENTO PARTICIPANTE #2
EL CAPULLO ROSAEscrito por nuestro amigo Daniel Ramírez Meléndez
Varios niños pasaron corriendo, Luz se puso de pie y fue tras ellos; jugaron a la pelota, a las escondidillas y a los listones. Después de un rato la niña corrió al lado de sus padres.
—¡Papá! ¡Cómprame un dulce! —pidió la chiquilla.
El padre recorrió el parque dispuesto a complacer a su hija: un señor vendía manzanitas cubiertas de miel, otro ofrecía merengues, más allá una anciana vendía limones rellenos de coco. Cerca del kiosco estaba un anciano rodeado de niños, al acercarse vio que vendía algodones de azúcar y que los pequeños esperaban a que la maquina dejara escapar velos de algodón; así como se lanzan granos a los pajarillos, de la misma forma el hombre dejaba escapar nubecillas de colores, y así como su canto es el pago de los pajarillos al dador de granos, sus risas eran el pago de los niños para el anciano.
El padre de Luz se dispuso a escoger un algodón, había de varios colores, era difícil decidir, recordó que su hija llevaba un suéter rosa y compró uno de ese color.
Cuando Luz vio el dulce sus ojos se iluminaron, lo tomó y se sentó bajo la sombra de un árbol para contemplarlo.
—¿No te gustó? —preguntó el padre.
—Sí, es muy lindo —respondió la niña.Al volver a casa Luz corrió a su cuarto, abrió su ventana, quitó la cubierta del algodón y lo hundió en una maceta.
—¿Qué haces? —preguntó el intrigado padre.
—Pongo el capullo en la ventana para que en la noche vea las estrellas y en el día lo alumbre el sol —contestó la niña.
—¡Eso no es un capullo! ¡Es un algodón de azúcar! ¡Se come! —exclamó el atribulado hombre.
—¡Es un capullo! ¡De él va a salir una mariposa! —afirmó Luz.Los días pasaron, a diario Luz miraba su algodón y platicaba con él; su padre llegó a pensar que había perdido la razón, la madre sólo sonreía diciendo que las niñas son así.
Una mañana Luz dio de gritos.
—¡Mamá! ¡papá!
Los padres acudieron de prisa al llamado, encontraron a la niña mirando feliz el algodón de azúcar:
—¡Miren! ¡Ya nació la mariposa!
Y así era, entre los filamentos del algodón se movía lentamente una mariposa, que al llegar a la punta del dulce extendió sus alas y levantó el vuelo.
—¡Adiós mariposita! ¡adiós! —dijo luz agitando su mano izquierda.
Así son las niñas, extrañas y mágicas.
Daniel Ramírez Meléndez.